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Extirpan quiste cerebral a niña villaclareña mediante abordaje endoscópico

Extirpan quiste cerebral a niña villaclareña mediante abordaje endoscópico

Yolaidi González Hernández pensó que jamás regresaría a un salón de operaciones. Todo Hernández pensó que jamás regresaría a un salón de operaciones. Todo marchaba normalmente hasta que en el pasado octubre se percató de que su visión no andaba bien. Las imágenes aparecían borrosas y cierto dolor de cabeza le rondaba de vez en cuando, sobre todo, al fijar demasiado la vista para estudiar las asignaturas de técnica textil en la escuela Victoria de Girón, de Remedios, en Villa Clara.  

El oftalmólogo previó una atrofia óptica, aunque para completar la investigación tuvieron que acudir al hospital pediátrico José Luis Miranda, de Santa Clara. También viajaron lejos y llegaron hasta la Liga contra la Ceguera, en la capital cubana, y con todos los dictámenes en mano, los expertos arribaron a conclusiones.

Ahora Yolaine Hernández Pérez, la mamá, recuerda que la historia comenzó cuando su hija apenas tenía ocho meses. «Notamos un crecimiento desproporcionado de la frente y la llevamos al médico. En el Hospital Pe­diá­trico, el doctor José Manuel González Santos nos atendió, y de acuerdo con su experiencia indicaba una hidrocefalia.»

Dos días después de aquella consulta, iniciaron los exámenes. En efecto, diagnóstico confirmado con la presencia, además, de un quiste en el tercer ventrículo cerebral.

 «El profesor Antonio de la Hoz González --recientemente fallecido-- se interesó mucho por el caso. Fue él quien realizó la primera operación exitosa cuando la niña tenía solo 17 meses. Se le colocó una válvula y resolvió hasta el presente, cuando aparecieron esas dificultades visuales.»

Quirófano a la vista       

Casi 17 años después, Yolaidi vuelve a los avatares de un salón. En aquella primera intervención se había retirado la hidrocefalia. Sin embargo, un quiste de 3 cm, considerado por los especialistas como grande, por su permanencia en una zona que no admite cuerpos extraños, comprimía los mecanismos de la visión.

«Concretamos el acto quirúrgico junto a neurocirujanos de Cienfuegos. Ellos poseen el instrumental necesario para este tipo de abordaje, que, por primera vez, se realiza en Villa Clara bajo estas modalidades tecnológicas, en la edad pediátrica», precisa el doctor Luis Horta Clavero.

 Instantes en el salón. Observe ya a la paciente en la mesa de operaciones en un acto complejo de apenas una hora de duración.

El quiste, causante de todos los desajustes, se encontraba en el tercer ventrículo, una de las cavidades internas del cerebro. Estas producen el líquido cefalorraquídeo (LCR) que funge de corteza protectora de los elementos del sistema nervioso concentrados en el propio órgano y en la médula espinal.

Cuando el volumen de LCR aumenta dentro de la cabeza y el cerebro, se incrementa el tamaño de los ventrículos y se origina la hidrocefalia. Esto provoca mayor presión dentro de la cabeza con el correspondiente sufrimiento para la corteza cerebral; y si la obstrucción a nivel del tercer ventrículo no se soluciona, el enfermo finalmente muere.

Hidrocefalia, válvulas y catéteres

Según investigaciones foráneas, la hidrocefalia afecta de uno a tres menores por cada mil infantes nacidos, y se origina cuando la cantidad de LCR resulta demasiada, ante obstrucciones en su circulación o al no eliminarse todo el líquido producido.

Sus causas pueden ser congénitas, muy improbables en Cuba ante los mecanismos genéticos de detección prenatal. Y adquiridas, debido a traumatismos, sepsis o infecciones bacterianas, y procesos tumorales.

En la primera intervención de Yolaidi se le aplicó un catéter que se había desplazado. Este resulta un material flexible que conduce el LCR al sitio donde es absorbido; en tanto, la válvula impuesta tiene como finalidad la de llevar el exceso de líquido existente en el cráneo a otras zonas del cuerpo, donde es reabsorbido.

Si la válvula funciona mal, aparecen, entre otros síntomas, dolor de cabeza persistente, vómitos sin diarreas, visión doble, irritabilidad, decaimiento y convulsiones.

«La paciente portaba un catéter introducido en la primera operación. Con el paso del tiempo se había corrido de su lugar, y ya se colocó en su justa posición, a partir de este nuevo acto con múltiples ventajas respecto a los métodos convencionales al resultar mí­nimamente invasivo, con una herida muy pequeña que no demanda rasurar el cráneo, y un tiempo operatorio de solo 60 minutos», precisa el doctor Horta Clavero.

En circunstancias tradicionales, el proceso requiere de seis horas sin apartar lo del riesgo considerable. A la vez induce a un mayor sangramiento, al incremento de la estadía hospitalaria y una prolongada recuperación.

«A las 4:00 de la tarde del propio día de la intervención, ya Yolaidi ingería alimentos. Solo seis puntos externos aparecieron en un segmento de la cabeza ante ese quiste profundo que demandó explorar desde la base del cráneo hasta la superficie.

Respecto a los costos, el neurocirujano villaclareño Ángel Serafín Camacho Gómez advierte que estos procederes endoscópicos oscilan entre 50 mil y 100 mil dólares en instituciones especiales y privadas, sin incluir complementarios, consultas, seguimiento y estancia hospitalaria.

«Es una operación de lujo. La pueden pagar muy pocas personas. En Venezuela, rebasa los 50 mil dólares (50 millones de bolívares), pero cada catéter de desviación ventricular (con solo 2 mm de diámetro) está valorado entre 500 y mil dólares, y vale decir que solo nuestro centro pediátrico aplica unos 50 cada año», advierte el titular.

En Cuba, el abordaje endoscópico de quistes en edades tempranas lo realizan algunas provincias. Demanda un instrumental de punta de alto valor que dispone de una cámara específica para navegar por las interioridades del mundo cerebral, y descubrir sus secretos y accidentes. El dispositivo constituye una unidad exclusiva y no admite sustituciones ni reemplazo por similares.

Parte del instrumental utilizado. Sepa que estos procederes endoscópicos oscilan entre 50 mil y 100 mil dólares en instituciones especiales y privadas, sin incluir complementarios, consultas, seguimiento y estancia hospitalaria.

«Acudimos a los colegas cienfuegueros por su marcada experiencia en este tipo de praxis, así como por las disponibilidades del equipamiento. Ellos rebasan las 50 interven ciones con notorios saldos, y a partir de ahora, se incorpora al servicio de Neurocirugía pediátrica de Villa Clara para toda la región central», suscriben los galenos Horta y Camacho.

A escasos días de operada, Yolaidi Gon­zález caminaba sin contratiempos por la sala, y el día de la visita reporteril acababan de quitarle los puntos de sutura.

«Me siento mejor --dijo-- y las molestias desaparecen. La visión recobra su normalidad... Doy gracias a mis médicos, a las enfermeras, a todos, por lo que han hecho», insiste la joven, residente en las proximidades de la empresa azucarera Heriberto Duquesne, de la llamada Octava Villa.

Su padre, Jesús González Rodríguez, funge como soldador, mientras la progenitora es licenciada en Cultura Física, y no se cansa de alabar a los profesionales del servicio y a las auxiliares por todas las atenciones con el vocablo de la excelencia.

Las técnicas de abordaje endoscópico permiten la visualización de mínimas cavidades y laberintos.          

 

Hace unos días, la joven abandonó la cama 11 de la sala de Neurocirugía que la acogió en esa nueva odisea con capítulo final. Su vida, según los galenos, debe transcurrir bajo plena normalidad, y no hay augurios de que el quiste trate de asomar.

Y con esta buena esperanza marchó hacia su hogar, mientras médicos, enfermeras y el resto del personal contemplaban aquellos pasos que se alejaban por los pasillos del Hospital.

Una vez más... el resultado feliz de un trabajo compartido, «aunque no siempre podamos lograr la sobrevida de un niño, pero aún así nos queda aquello de que hicimos todo lo que pudimos por salvar la esperanza», reafirman los expertos.

El caso de Yolaidi ha concluido. Nuevos tiempos esperan, a pesar de esas jugarretas ocasionadas por un quiste caprichoso.

Por Ricardo González

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